todo lo recorrido
ha sido por el balón
Si hay alguien en el planeta tierra que haya visitado estadios, ese es nuestro colega Koti (entre otros muchos logros, uno de los creadores de Stadium Collection). Desde que pasó por IWAU (proximamente lo podréis escuchar en nuestro episodio numero 9), quisimos traérnoslo para disfrute de nuestros lectores. Así pues, os dejamos el inicio de una serie de artículos. Pasen, lean, imaginen y disfruten.
“¿Por qué visitas tantos estadios?” Está pregunta la he contestado en innumerables ocasiones cuando le cuento a la gente esta pasión que me lleva acompañando casi 20 años y me ha llevado a tantísimos lugares. Normalmente se asocia al forofismo futbolero, a ser un gran hincha del deporte rey, y aunque tiene cierta base, realmente no tiene tanto que ver con eso. Es más, tras haber visitado cerca de medio millar de estadios alrededor del globo, pocas veces ha coincidido estas visitas con haber disfrutado de ver un partido de fútbol. Algunas veces por presupuesto, otras por imposibilidad de fechas. Pero eso siempre ha sido secundario.
“¿Qué sentido tiene ir a un estadio si no vas a ver un partido? Aquí ya toca profundizar un poco más en el asunto. Estamos de acuerdo que el propósito de un estadio es albergar partidos de fútbol, pero eso generalmente solo ocurre durante 90 minutos cada 2 semanas. ¿Qué pinta el estadio el resto del tiempo mientras espera recibir de nuevo un partido? Los días de fútbol el barrio donde se encuentra el estadio se transforma desde horas antes de empezar el partido, se llena de vida a toda velocidad: en la calle proliferan puestos vendiendo banderas y bufandas, los bares cercanos se colapsan de clientes peleando por ser atendidos, los coches mal aparcados ganan terreno a las aceras y riadas de personas uniformadas con los mismos colores dan vueltas al recinto buscando su puerta de acceso. Una vez que termina el partido, allí solo quedan las personas trabajadoras que intentan restablecer el orden y recogerlo todo. Se apagan los focos hasta el próximo partido.

Es ahí, cuando cae el telón, donde encuentro la magia de visitar un estadio. Cuando éste se mimetiza realmente con el barrio, cuando vuelve la calma a sus alrededores y conoces la rutina de su día a día, el impacto real que tiene el campo de fútbol ahí donde se ubica. Ya no hay cámaras grabando, ni policías a caballo, ni lecheras, ni puestos desmontables, ni los hinchas visitantes que llegan haciendo ruido y desaparecen rápidamente con el pitido final. Conocer un estadio cuando los focos están apagados, un día que no hay partido, entrar a un bar cercano y poder desayunar mientras observas detenidamente todos los detalles del equipo local que lo decoran, dar una vuelta alrededor del estado viendo el mosaico de pegatinas que han quedado por todos los rincones y sirven como reseña para saber quién ha pasado por allí, ver pasear a un jubilado con el periódico bajo el brazo y una gorra del equipo de su ciudad, fijarse que vecinos presumen en sus balcones de su escudo luciendo banderas 24/7 y no solo los días de partido… En definitiva, entender el arraigo de ese club y ese estadio en su entorno. Ese es el motivo que me lleva a unir días libres en el trabajo, buscar un vuelo lo más ajustadito de precio y hacer la mochila para escaparme unos días.
Cuando visito un nuevo estadio, son muchas las expectativas que me genera y las preguntas que me hago: ¿cómo será la fachada?, ¿qué habrá en sus alrededores?, ¿qué personaje espontáneo conoceré hoy? y sobre todo: ¿Conseguiré entrar hasta la cocina? Tengo que reconocer que la amabilidad con la que me trata el barrio y los trabajadores del estadio en cuestión marcan mucho mi relación futura con ese equipo. La experiencia que se tiene al visitar un estadio es muy variopinta y depende de muchos factores. A estas alturas de la película me he encontrado de todo: Muchas veces la gente local se siente alagada por que hayas terminado en ese lugar recóndito para visitarles, por querer saber de ellos, y te acogen desde el primer momento. Otras veces, sin embargo, me he topado con la hostilidad de personas que te hacen ver que no esperaban tu visita, hasta el punto de tener que salir de allí por patas (especialmente cuando te cuelas en un lugar donde la gente no es muy diplomática en las formas y poco amigable con el forastero).

Porque aquí viene el principal escollo de este enredo: conseguir entrar dentro del estadio. No siempre es fácil, a veces imposible. La frustración de saber que vienes de tan lejos, que seguramente no vas a volver a ese lugar, y no conseguir entrar, la conocemos bien los que hemos dado 4/5 vueltas a un estadio intentado localizar infructuosamente una falla en la seguridad del recinto, un trabajador del club que se apiade y te deje entrar 1 minuto metiéndote prisa… para darte de bruces con un rotundo ¨No possible¨ y quedarte con cara de tonto fuera. Pero es parte del juego, se asume y lo compensa la cantidad de veces que hemos salvado esas barreras y hemos llegado hasta el lugar donde el olor a césped recién regado y cortado te muestran que has completado la misión con éxito. La maravillosa sensación de avanzar por un vomitorio sabiendo que ya solo unos pocos pasos te separan de acceder hasta la cocina, muchas veces con la adrenalina de saber que si has entrado sin permiso en cualquier momento escucharás un grito mandándote a la calle. ¨Corre, corre, échame una foto aquí¨ le dices con voz nerviosa a tu colega de expedición mientras éste está embobado mirando la imponente grada vacía que acabamos de descubrir sobre nuestras cabezas. Mis compañeros del proyecto ‘Stadium Collection´y la gente que me ha acompañado en alguna de estas múltiples expediciones saben bien de lo que hablo.

Voy a cerrar esta introducción a la charla que tuve con mis colegas de IWAU haciendo una pequeña reflexión. Muchas veces nos obsesionamos con conseguir ciertos objetivos, creemos que el fin de lo que hacemos es llegar a una meta y no nos damos cuenta que el camino es lo realmente enriquecedor. En mi caso, me obsesiono con entrar en ciertos estadios que tengo entre ceja y ceja. Lo que me lleva a dedicarle tanto tiempo a esta pasión es visualizarme dentro de un estadio que me he marcado coronar. Pero al final, más allá de que se consiga esto o no, lo que de verdad me llevo cuando estoy sentado en el aeropuerto esperando un vuelo de vuelta a casa no ha sido si finalmente lo conseguí, sino todo el proceso que te ha llevado hasta allí, los lugares donde has comido, el sitio que pillaste para dormir, la gente que has conocido en ese viaje y la experiencia de haberme pateado aquel barrio, que si no fuera porque allí se encontraba un estadio, seguramente nunca habría visitado. Hace años recorrí Sudamérica en bus de sur a norte, desde Uruguay hasta Colombia, donde el itinerario del viaje estaba marcado claramente por los estadios de fútbol de todos los países que había por medio. Al final del viaje entendí que si había merecido realmente la pena hacer tantísimas horas de carretera, haber dormido en tantos buses de mala muerte, haber cargado la mochila a la espalda tantos días y meterme en más de un berenjenal, no era por haber conseguido acceder al Estadio de Colo-Colo en Santiago, de Cerro Porteño en Paraguay o el Estadio Morumbi de Sao Paulo, sino por todo lo que me llevé de lo vivido el tiempo que duró aquella aventura, lo que sucedía entre estadio y estadio.
Esto creo que es aplicable para todos los lectores de este blog, ya sea con tu grupo de animación o con objetivos personales: la preparación del viaje o de un proyecto, el trayecto, las amistades que haces por el camino, las decepciones, las enseñanzas y las experiencias que adquieres en el transcurso, lo que te ocurre durante el camino… Todo eso es más enriquecedor que coronar cualquier cima. Si tu pasión, en este caso tu equipo, te ha llevado a tantos lugares y a vivir tantas experiencias, entonces ya ha merecido la pena.
Disfrutemos del viaje, es lo único que nos vamos a llevar cuando estén por apagarse definitivamente los focos.



